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4 de junio de 2013

Algo de lo que estoy escribiendo

Estoy con tantas cosas últimamente que no sé cómo, pero me hago el tiempo para escribir. 

Un poco incentivada con las consignas que nos dan en el Programa de Narrativa online de Casas de Letras y otro tanto, porque la escritura me fluye, es parte de mi esencia. 

Me cuesta atenerme a una consigna, pero hago el intento y creo que está saliendo bastante bien... o sea, me siento bien con lo que escriboSigo una línea, la de lo fantástico más que nada. 

Estoy prestando atención también a lo que me rodea, aquello que me "provoca" escribir. Las clases de Dramaturgia que tomé con Mauricio Kartun tienen mucho que ver con esto, me abrieron la cabeza y la imaginación por ahí se fue volando. 

Escribir es crear, y crear es un estado lúdico, mágico. Mi universo, mi refugio. Pruébenlo si todavía no lo han hecho.

Para terminar, les dejo el último cuento que escribí titulado "Ocupante".


Era jueves o domingo porque ese mediodía habíamos almorzado pastas.
Igualmente, éste será un detalle menor cuando les cuente lo que pasó ese día que cambió mi vida para siempre.
Terminamos de comer en la mesa del patio (¿o en la de la cocina?) y nos quedamos de sobremesa hasta a eso de las tres de la tarde. Las visitas finalmente se fueron, dejando atrás demasiada vajilla sucia y desprolija, más de la que tenía ganas de lavar. Qué lindo recibir a la familia en casa, me dijiste, mientras me veías desarmándome en una silla, esperando que el orden llegara solo. Asintiendo con la cabeza, te deslicé un ajá. Claro, total es fácil para vos.
 Te sentaste a mirar a Boca en el sofá del living mientras yo tuve que tomar una decisión de vida o muerte: lavo o me tiro a dormir una siesta. Sin mucha resistencia, subí por las escaleras con pasos cansinos y me entregué a la cama como a nadie en el mundo. Me acosté boca abajo, en diagonal, colmando todo el espacio. Cerré los ojos y se me vino a la mente lo que había dejado sin hacer, las deudas a pagar, qué vamos a cenar y otras cuestiones rutinarias pero enseguida vi la playa de San Bernardo en invierno, cuando sólo hay perros vagabundeando en la arena, ruido de mar, la paz del atardecer, el abrigo que no cede al frío de la costa… Pasaron a lo sumo dos minutos cuando escuché el primer estallido. 
Me desperté del susto. ¿Habrá sido un sueño? Afuera ya estaba oscuro. ¿Se nubló o será de noche?... Qué silencio… Qué raro que no se escucha siquiera la tele. Intento llamarte: ¿Amor? No me sale la voz.
Pruebo de nuevo. ¿Amor?, con tono impaciente, y no me escucho. Grito y no pasa nada. ¿Me habré quedado sorda? Otro estallido. No.
Ya está, voy a buscarte. Apenas amago a hacerlo, me quedo en el intento. Ni siquiera puedo voltear. Algo me lo impide. ¿Algo? Nerviosa, apenas puedo mover las articulaciones de los dedos. Sigo boca abajo, con la cabeza de costado, atravesando nuestra cama, hasta que siento su mano sobre la mía.
Me quedo quieta, pero mi respiración es galopante. Sé que no sos vos, así que callo y espero. Empieza a recorrer mi brazo derecho con su mano, acariciándome y manteniéndome cautiva. La cama se hunde, se habrá sentado, y cierro los ojos, como si de esa forma fuese a lograr que se vaya o mejor aún, desaparecer, como si fuese un bebé. Es mi mejor defensa.
Vos estás mirando a Boca y yo acá, dejándome tocar por este extraño, que ni siquiera sé si tiene cara, menos boca, si es hombre o mujer. No tiene sentido que grite y quiera escapar porque mi voz y mi cuerpo no me lo permiten. Ahora ya está encima mío, y sin dejar de acariciarme todo el cuerpo, siento su respiración caliente en mi nuca. No me atrevo a abrir los ojos, no quiero ver.  Sólo espero que pase.
Pienso que quiero morirme en este preciso momento. Y vos seguís mirando a Boca.
De repente, un fuego se apodera de mí y por un instante, me ¿imagino? levitar, muy liviana hasta que me desintegro.
Impávida, abro los ojos y observo ese nuevo espacio que se revela ante mí, donde voy a pasar los años que restan. Aunque no tenga el aspecto, sé que esa va a ser mi cárcel de por vida. 

Nunca te enteraste que ése fue nuestro último almuerzo, el último plato de pastas;  que no era yo con quien dormiste esa noche, las que siguieron y las que seguirán. 
Estabas mirando a Boca y no lo pudiste ver. 

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